Comentario personal a ‘Las señoritas de Avignon’ de Pablo Picasso

Al lanzar la mirada, en un primer vistazo, veo una imagen extrañamente moderna, a pesar de sus ciento trece años de vida. Quizás tengo marcada esa imagen de lo que nuestros abuelos entendían por «lo moderno», o seguramente continúa siendo moderna…

«Las señoritas de Avignon». Museo de Arte Moderno de Nueva York. Pablo Picasso, 1907.

Una multiplicación de formas se pliegan, como un puñado de bloques amontonados, sonando papel doblado, o sábanas, o cortinas de este burdel de Avignon. Máscaras africanas, arquetipos íberos en el centro…, ¡pero qué locura de formas mezcladas! Aunque no…, observando bien, y cuanto más miro, todo parece explicarse y tener gran sentido, no habiendo absolutamente ningún trazo al azar.

Me llama la atención el rosa de sus pieles, esos tonos cálidos… ¿Cómo es posible que en unas formas tan antinaturales siento la presencia de esos cuerpos desnudos? Ellas se están mostrando, y en una multiplicidad de gestos, de posturas, de puntos de vista. Lo que en un primer vistazo era bloques amontonados se convierte ahora en un caleidoscopio que invita a la tridimensionalidad sólo así posible dentro de una representación tan plana, sin profundidad, sin volumen.

Y es que el cuadro es mágico, sí…, pues mágicamente se desdobla en una suerte de papiroflexia creando una estrafalaria tridimensionalidad. Y cuántos habrán dicho ante esa obra: «¿Por qué lo pintó así? ¿Es que no sabía pintar?» Sí, claro que Picasso sabía pintar, pero sabía más que eso. Supo romper las leyes impuestas para crear tridimensionalidad y perspectiva, aquellas que quinientos años atrás establecieron los renacentistas. Y supo romper la forma habitual de representación humana occidental, sin tampoco abandonarla, sino uniéndola a formas de representación, que para él eran tan válidas como las occidentales, como el arte negro africano, el arte egipcio o el arte íbero antiguo.

Y curiosamente, usando estos arquetipos de otras culturas, aprovecha estas formas para introducir un rasgo de modernidad: otro punto de vista, otra manera de contar la realidad. Ahora la mujer desnuda no es esa bella cortesana de La Venus de Urbino de Tiziano, o La Venus frente al espejo de Velázquez, que parecen felices, tranquilas, autocomplacientes…, ¿verdaderamente era eso realismo? Ahora estamos ante mujeres de gesto serio (las dos del centro), que no son prostitutas por placer, sino por necesidad de comer, y muestran gestos de miedo, incluso de aburrimiento. Según miramos a uno u otro ojo de estas dos damas íberas, esos ojos tan descolocados uno respecto al otro, captamos uno y otro sentimiento.

¿Y esas máscaras negras? ¡Qué sensación tan terrible producen! Es como si se anunciara la muerte de ellas, o la negación de estas personas, o es la máscara que han de llevar en su trabajo que las expone a cualquier cosa.

No es un cuadro bello, no estamos ante aquellas formas armónicas y tranquilas de tiempos pasados. ¡Claro que no! ¿Y por qué habría de ser bella la representación de una vida sórdida e insegura?

Qué es el misterio

La magia de lo incomprensible

Algo inexplicable, o aquello que solemos catalogar como “misterio”, suele convertirse en un aliciente en mí. Me gusta el interrogante, o aquello que no tiene explicación. Cuando siento que algo está demasiado acotado y me está diciendo “ser” conocimiento, automáticamente pienso que no es tal.

Creo que la misma interpretación de las cosas crea en sí el mismo hecho interpretado. En esto mi compañero Javi os podría hablar largo y tendido filosóficamente. En mi caso incluso he llegado a especular que tal vez todo este mundo, o universo, o toda esta parafernalia, sea una creación conjunta de todas nuestras mentes. Una creación imaginativa, una creación artística con la intención expresa de ser vivida de forma tangible.

Supongo que no en vano estudio Historia del Arte para llegar a estas conclusiones.

Bajando a la tierra, me parece revelador lo siguiente: las ideas nacen y, después, poco a poco, esas ideas que, potencialmente pueden ser buenas, frescas o liberadoras, pueden terminar malográndose.

La religión

Fui educada en el bienaventurado ateísmo. Nuestro señor Don Ateo es muy fino para ciertos aspectos de la vida y para otros no tanto. Es decir, el ateísmo libra de muchas malas sensaciones a quien ha sido educado en un cristianismo feroz; pero también es capaz de maniatarnos en otras ideas y sensaciones que también pueden llegar a limitarnos.

Por ejemplo, para quienes crean en el castigo divino, es muy liberador hacerse ateo. Yo ya digo que fui educada en el ateísmo, pero lógicamente en mi familia, en mi vida, y por supuesto en mi sociedad, he tenido el cristianismo de cerca.

La religión no es, para mí, per se, algo negativo. La religión es una forma de acercarnos al conocimiento, o al intento de conocimiento, intangible. Y creo que deriva de unas ideas formadas con anterioridad a esa religión, es decir, a priori, a raíz de experiencias históricas puntuales de un pueblo en concreto o de la humanidad. El cristianismo nació con la intención de borrar el sufrimiento, la esclavitud, la obediencia al poderoso. El Dios Padre convertía, frente al Dios hebreo tan severo, a todos en hijos de Dios, y por tanto nadie debía más obediencia a ningún señor terrenal. ¿Idea sencilla y profunda, verdad? Lógicamente son ideas propias de un pueblo que deseaba liberarse. Sus ideas eran tan incisivas y, en aquellos tiempos, debieron de sentirse tan liberadoras e inspiradoras, que rápidamente el cristianismo terminó llegando a occidente.

Pero…, ¿qué pasó después? ¿Por qué la idea que tenemos del cristianismo hoy día es de una mentalidad castradora y que parece basarse en la sumisión? Bueno, este es el eterno problema, lo que trataba de decir al principio: las ideas en sí, en un primer momento, nacen en positivo, y después, con los años, o con los siglos, se pueden convertir en algo interesado, o en ideario cerrado y castrante, que vienen muy bien a los sectores poderosos. En definitiva: es el poder el que castra, no las ideas.

¿Religión vs ciencia?

A menudo se separan ciencia y religión, cuando en realidad la ciencia no nace en una especie de posición enfrentada con la religión. Muchos científicos han sido religiosos, cristianos, aún hoy… De hecho hace unos meses vi un documental sobre la teoría física de cuerdas y dos de sus investigadores confesaban que, mientras realizaban sus fórmulas y a menudo en ellas les salía el mismo resultado numérico (creo que el número era 496 y lo asociaban al número áureo) afuera en la calle se lió una gran tormenta y sintieron un escalofrío y se dijeron: “a lo mejor a Dios no le gusta que estemos desvelando su secreto”. Quizás esto lo contaron con un poco de coña, vale, pero me viene esta anécdota a colación para decir lo siguiente: ¿realmente podemos decir que ciencia y religión están enfrentadas?

Bueno, si imaginamos religión como un Dios con barbas, tío machote por supuesto, con una señora a un lado y su hijo al otro, todos subidos en una nube, pues claro…, esto empieza a sonar un poco absurdo. Otro día puedo hablaros de la iconografía cristiana y sus orígenes, más en relación con formas artísticas ya establecidas anteriormente y con una intención de comprensión representativa para con el público, que con expresar una idea metafísica de forma metódica. Pero si simplificamos la idea religiosa como la posibilidad de que el universo puede estar creado de forma intencionada o inteligente, eso ya es otra cosa. Y por cierto, ya puestos a pensar así, igual no es un sólo ser el que dio con la receta mágica, sino varios, y qué decir que las identificaciones de género (dioses o diosas) están más relacionadas con el aquí cultural que con el allá.

Y por cierto que hasta en la ciencia actual, dígase teoría de cuerdas o suposiciones en cuanto a qué demonios hay detrás de la física cuántica, veo mucho germen aún de religión monoteísta. ¿Por qué han andado algunos físicos tan preocupados por hallar “la fórmula” que explique “lo grande” y “lo pequeño”? ¿Por qué todo tiene que ser UNO?

¿Y por qué hay tantos ahora que ven analogías de la física cuántica con ideas propias de religiones orientales? Hasta en la ciencia tenemos nuestra cultura y religión presentes. Esto es algo que estudia a fondo la Filosofía de la Ciencia. La mentalidad no es algo ajeno a la ciencia de hoy, por mucho que nos hagan creer lo contrario.

En fin, en cualquier caso vaya por delante que, lógicamente, yo no tengo ni puñetera idea de cómo se ha creado esto, o si es fruto del azar. No me cuadra ni una idea religiosa cerrada, ni el materialismo o empirismo más radical; no comprendo ninguna de las dos. Dicho sea esto, y recordando lo explicado antes: “es el poder el que castra, no las ideas”, pienso que si en algún momento se descubre la auténtica -supuesta- realidad de qué narices es esto, o de cómo ha sido creado, si esa realidad no gusta al poder ya harán lo posible por tergiversarla o lo que sea menester. Y es muy probable que en ese punto en el que esa idea ya está tocando con el poder, esa hipotética realidad se convertirá en algún tipo de mensaje que nos invite a la sumisión, a la obediencia o al conformismo. En fin…, es algo que podría ocurrir fácilmente.

¿Y cómo descubrir la realidad?

Bueno, pues informarse aquí y allá, reflexionar uno mismo, y sobre todo desechar rollos negativos y que inviten a agachar la cabecita, por ahí seguramente estaremos escogiendo el buen camino. Es mi opinión.

Nada es seguro y, como decía Descartes: “pienso, luego existo”. Todos pensamos, todos existimos. Por tanto tus ideas no son menos que las ideas que aquél considerado “experto”. Personalmente creo que lo único realmente positivo es aprender la siguiente lección: todos, absolutamente todos, podemos acceder al conocimiento.

Cada época, cada cultura, establece un paradigma de lo real. No dudemos pues que las verdades inmutables de nuestro mundo de hoy pueden desbaratarse en el mundo de mañana. Por tanto hemos de atrevernos a usar nuestra razón, y nuestra intuición para “saber”, pero lanzándonos a romper nuestras propias ataduras y las de nuestra sociedad.

* * *

A veces pienso que el universo puede ser simplemente un caos, y otras veces siento que todo está como encajado, como pensado de antemano.

A veces observo demasiadas casualidades, y otras veces parece que el absurdo acecha.

A menudo siento el mundo, el universo, la existencia, como una obra literaria…

Y ésta puede ser fantástica, estupenda, o por el contrario poco inspirada. Y además, aunque al parecer yo la escribo, a menudo siento que todos la escriben; pero luego, como diría Barthes, la obra literaria termina en el lector, con lo cual volvemos nuevamente a la subjetividad, al Idealismo hegeliano, a que cada cultura elige su realidad o su método de acercarse a ella.

Con el Bing Bang nació el Universo. Últimamente se habla también mucho de la energía oscura como fuerza que dispara ese movimiento primigenio del Bing Bang que cada vez, curiosamente, se acelera más.

¿Saben qué decían los griegos? Que Eros era la energía, una fuerza: el Amor. Éste hacía unirse todo para crearlo todo. Y antes de todo estaba el Caos, un estado previo del Universo espiritual. Del Caos surge Gea (la tierra, o… llamémosle materia) y la fuerza de Eros hace que Gea cree, por sí misma, a Urano (el cielo, Caelo para los romanos), con un tamaño similar a ella para que la abarque completamente.

Lo que creemos que es el capitalismo y lo que realmente es

Durante la Edad Moderna se desarrolla el sistema capitalista. Unos historiadores creen que se inicia en esa época, considerando la crisis del siglo XVII como etapa de transición entre el feudalismo y el capitalismo, y otros estudiosos consideran que se inicia durante la Baja Edad Media, apreciando así la crisis del XVII como la primera gran crisis capitalista.

Siempre nos han hecho creer que el capitalismo se centra en el dinero. Sí, ya, su propio nombre lo indica. Y realmente el dinero sí es su lógica, pero su fundamento inicial es el poder, un poder que ya viene de atrás: el de la monarquía, monarquía asociada a Estado.

En los inicios del Absolutismo los reyes potencian las economías en lo que se vino a llamar “mercantilismo”. Fue un modo de solventar los problemas a los que se enfrentaba el siglo XVII. En esta época se consideraba que el mercado mundial tenía unas dimensiones limitadas. Por otro lado, para las monarquías insuflar la actividad económica de su propio estado se convirtió en un instrumento más para incrementar su poder, es decir, en un añadido a su aparato bélico: si conseguían reducir la economía del enemigo conseguían disminuir sus fuerzas. Digamos que, al considerarse entonces el mercado mundial como un ente abstracto con unas dimensiones limitadas (no de producción casi infinita como, parece, se considera hoy día) pensaban así que lo que cogía un estado de ese mercado se lo quitaba al enemigo.

El sistema capitalista se va configurando así en esta época como un sistema asociado a la lógica de la guerra, un sistema belicista, agresivo.

Pero nos han hecho creer que esa agresividad es la lógica del dinero, y NO.

El mercado nunca ha sido una energía por sí misma, una especie de fuerza independiente que se autoconfigura con una lógica propia, no. Lo que realmente ha ocurrido, y sigue ocurriendo, es que se implantó en aquellos años la lógica de disminuir económicamente al enemigo. Y seguimos haciéndolo, como si estuviésemos permanentemente en guerra.

Y así entramos en el siglo XXI, armados hasta los dientes y hablando todo el día engañosamente de “los mercados” (como dicen los medios, “mercado”, señores, se dice mercado).

En realidad nuestro capitalismo actual sigue continuando aquella lógica de las monarquías europeas absolutistas, que consiste en acaparar poder, mediante la guerra continua, y con varios recursos: armas o mercado. Por eso nuestro capitalismo es salvaje y agresivo, porque tiene una lógica de guerra.

Así que, quién sabe…, igual el capitalismo no tendría porqué ser necesariamente agresivo. A lo mejor la lógica agresiva no es del propio dinero, sino de la forma de emplearlo.

Por eso hoy día tenemos la que tenemos liada con Venezuela, o la hemos tenido con Irak…, y por supuesto es la lógica de la Guerra Fría, que parece continuar hoy día (Venezuela, Irak, Afganistán, Corea del Norte…), contra todos aquellos países que tienen no sólo petróleo, sino que responden al “otro”. Y por eso Estados Unidos ha hecho crecer unas economías (Japón) y en cambio aplasta a otras. Es una estrategia de guerra, de aliados y de vencidos.

Y en definitiva, y siento decir esto porque hay mucho iluso suelto hoy día (incluso yo en algún momento lo he sido), señalar que porque un país, o mejor dicho “estado”, se haga rico, no significa que lo sean sus habitantes, porque la meta a seguir hoy día sigue siendo hacer rico al estado como estrategia de guerra. Un estado rico no tiene necesariamente un estado social rico.

Los absolutismos del siglo XVII buscaban la riqueza de su estado, es decir, de su monarquía, pero no de su pueblo. Es la lógica que viene de la vieja nobleza, en la cual su única meta es engrandecer “la casa”, el apellido. Los Borbones del siglo XVIII en España contabilizaron antes que nadie a la población española para conocer “la fuerza del estado”.

Si los ciudadanos actuales vivimos mejor, o algo mejor (hay que comparar siempre con las grandes riquezas de un estado), es por puro daño colateral (por emplear la jerga bélica). Y también por las ideas socialistas que se han ido implantando en nuestro adn, a fuerza de aguantar y aguantar los embates de los poderosos.

Y lo que quiero decir especialmente es que esta lógica del estado absolutista perdura en nuestros días (y siento que os chirríen los oídos, señores neoliberales) tanto en los países socialistas o comunistas, como en los liberales capitalistas o neoliberales.

Imagen:

→ Carl Becker. Quema de los créditos de Carlos V librándole de parte de su deuda. 1866. En este lienzo el rico banquero Anton Fugger quema los créditos del poderoso emperador.

Bibliografía:

→ Alfredo Floristán (coord.), Historia Moderna Universal. Ed. Ariel. (Páginas 495-96. -Ideas según P. Deyon-).

→ Luis Ribot (coord.), Historia del Mundo Moderno. Ed. Actas. (Págs. 455-59).

Sobre el significado del arte paleolítico

Nos maravillamos al ver las obras del arte paleolítico, el arte rupestre de las cuevas. Nos sorprende su realismo, su magistral uso de diversas técnicas para lograr definir el volumen o incluso el movimiento.

Hablo de obras artísticas del Paleolítico Superior, en cuevas como Altamira o Chauvet. Dentro de estas obras del Paleolítico Superior nos llaman la atención especialmente las del último periodo, próximas al Mesolítico, las del estilo magdaleniense (como el conocido panel de los bisontes de Altamira), porque responden a un estilo muy realista y logrado desde nuestra visión actual.

Panel de los bisontes (Altamira – Cantabria, España)

Belleza en las formas, técnica precisa, magistral conocimiento de la anatomía animal… Pero, ¿por qué? ¿Por qué estas obras están expresadas así? ¿Por qué las hicieron? ¿Qué significan? ¿Qué quieren contarnos?

 

Varias teorías tratan de explicar el arte paleolítico

Teoría de la magia simpática

Una de las primeras teorías, de finales del siglo XIX, es la bautizada como “magia simpática”, por el abate Breuil. En ella se considera que este arte representaba a animales que los humanos prehistóricos deseaban encontrar, cazar y comer. Así pues se representaban a estos bisontes, ciervos o leones, como símbolos mágicos, objetos de deseo, siendo por esta razón de un estilo pictórico tan realista, para que “se hiciesen realidad”.

Me sorprende que hoy por hoy haya tanta gente, incluso erudita, convencida de que esta teoría es la teoría central que funciona entre especialistas de antropología e historia del arte. Y lo digo por un destacado programa de radio que suele tratar temas de historia, donde en un programa reciente daban por hecho que las pinturas rupestres significan eso: el deseo de comer los animales representados. Es como una de esas conclusiones «científicas» que quedan ahí en la sabiduría popular como una verdad que damos por hecho demostrada y absoluta.

En primer lugar: la teoría de la magia simpática demostrada, lo que se dice demostrada, no está. Eso es imposible. Sé que esto puede sonar descabellado, pero esta teoría, como otras muchas (que ya añado que hay otras muchas en cuanto a este tema, y dispares) sólo podrán demostrarse completamente el día en que, con una máquina del tiempo, nos acerquemos a la cueva de Altamira hace unos 17.000 años y, si es que da la casualidad de que los historiadores y antropólogos han catalogado con una fecha buena semejante evento, puede que nos encontremos con esa persona (mujer u hombre, por cierto, que lo mismo ellas estaban muy afanadas en sus obras artísticas y ellos cosiendo trajecitos de pieles a los retoños) y podamos preguntarle a la persona ejecutora de la obra, o grupo de personas:

—Oigan…, ¿por qué pintan ustedes esto? ¿Qué significa?

Y quién sabe qué responderían.

—Pues…, ¿y por qué demonios se le ocurre a usted venir aquí para preguntarnos algo tan evidente?

—Eeehhh…, porqueee… ¿Y qué es eso tan evidente?

—¡Pero bueno! ¿De dónde ha salido usted? ¿Es que no vive en el mundo?

En fin, dejándome de bromas, lo que quiero decir con esto es que el arte prehistórico (y aún el protohistórico) es muy escurridizo a la hora de desvelar sus significados. En la disciplina de la Historia del arte existe la consciencia de que el estudioso de arte siempre va a analizar una obra artística sin poder evitar, en algún grado, ver las cosas desde su propia época y entorno cultural y social. Esto ocurre de manera mucho más aguda con el arte prehistórico, porque no estamos hablando de un arte de hace mil o dos mil años, que ya es decir, sino diecisiete mil o incluso cuarenta mil.

Cueva de las Manos, en Santa Cruz (Patagonia, Argentina)

 

Teoría constructivista

A la teoría de la magia simpática, de comienzos del siglo XX, se añadieron otras, forjadas desde diferentes corrientes de la teoría del arte. Y así, Leroi-Gourhan, en los años cincuenta del siglo XX, nos planteó algo: ¿por qué esos leones, bisontes y caballos aparecen siempre al fondo de las cuevas? ¿Y por qué al inicio de éstas suelen haber solamente símbolos y manos? Él elaboró una nueva teoría donde establecía que en cada cueva, en cada “templo”, como él denominaba a estas cuevas comparándolas a la jerarquización religiosa de una construcción sagrada, se organizaba la disposición de figuras según una idea de trasfondo que desconocíamos. Llegó a asociar cada tipo de animal representado con conceptos de masculinidad y feminidad. Ésta es la teoría «constructivista».

 

Teoría chamánica

Otra teoría más reciente, la “chamánica“, nos habla de que estas pinturas representan diferentes estadios de un estado alterado de conciencia, siendo los símbolos el primero (entrada de la cueva) y, conforme entramos, los animales de aspecto realista corresponderían al estado más alterado de conciencia o último estadio. Es decir, al comienzo de este estado, veríamos formas geométricas similares a los símbolos reticulares que vemos en estas obras, y seguidamente estas formas se transformarían en una alucinación que daría lugar a imágenes más realistas de figuras antropomorfas, híbridas y animales.

Símbolos en la cueva de Las Monedas (Cantabria, España)

 

Pero el misterio del arte paleolítico sigue ahí…

Yo opino que esos símbolos son demasiado elaborados para corresponderse sólo a una visión alucinógena, y que, incluso aunque partan de esas visiones, seguramente corresponden a una forma de proto-escritura.

Y en cuanto a las propias figuras de animales: sinceramente lo que más me choca es que están representadas como flotando, nunca aparecen insertadas en un paisaje, nunca se posan sobre nada… Es como la captación de un espíritu eterno en el espacio y en el tiempo. En este caso me convence, en parte, la teoría de Leroi-Gourham: parece que efectivamente cada tipo de animal represente un espíritu en concreto, una forma de ser, un valor… ¿humano?

Siempre que analizamos el arte lo hacemos desde el punto de vista de nuestra propia época. Parece fácil acertar o acercarnos al significado puro del arte renacentista, del barroco o del gótico (que tampoco creo nos acercamos al cien por cien), pero… ¿Cómo podemos analizar certeramente un arte tan remoto en el tiempo? ¿Cómo escrudiñar su sentido, su lógica? ¿Acaso aquellas gentes tenían en su idioma una palabra llamada “arte”, o que designara lo que hoy entendemos por “arte”? ¿Y “magia”? ¿Diferenciaban entre magia y realidad, entre lo físico y lo mágico, entre una representación y el objeto físico auténtico representado? ¿O quizás todo estaba más mezclado, más permeable, más fluido? No, efectivamente no podemos trazar una única teoría universal.

Y, mientras, esas figuras siguen permaneciendo ahí, desafiando nuestras explicaciones, como si realmente estuviesen por encima de palabras, teorías, enigmas por descubrir, o verdades que demostrar.

 

Fuentes:

Menéndez, M. (coord.) 2009. El arte en la Prehistoria. Madrid, UNED.

Hergoz, W. (2010). La cueva de los sueños olvidados (film).

Escribir historias con inspiración

A todo escritor, o aspirante a escritor, sea profesional o amateur, o novato en el arte de la escritura, le ha ocurrido ese temido momento en el que no se le ocurre ninguna idea, ningún tema para escribir, y no logra conectar con las deseadas musas que le otorguen la preciada imaginación para escribir relatos.

A mí me ha pasado, como es natural, muchas veces.

En este artículo me gustaría despejar al monstruo del “atasco creativo”.

He leído en varios artículos al respecto que lo primordial para inspirarte a la hora de escribir es, pues eso mismo: escribir, ponerte a ello, sentarte cada día ante el ordenador, o ante el papel, o ante esa libreta frikie que parece te engatusa con su elegante diseño, y ponerte manos a la obra cada día, incluso sobre la misma hora, buscando esa rutina diaria en la que todo se hace más mecánico y, día tras día, más llevadero.

Sí, es posible, no niego que las rutinas ayuden, y no niego para nada que a escribir se aprende escribiendo, y que la inspiración es mejor que te pille trabajando, pero… ¿Cómo inspirarse?

Cómo inspirarse con la escritura

Realmente existen dos fases, a grandes rasgos, en el arte de la escritura (y, por extensión, de toda ejecución artística): la inspiración y la creación o escritura en sí misma.

Desde luego es muy posible que en muchas ocasiones ambas te pillen unidas. Puedes estar escribiendo una idea que ya tenías previamente en mente y, mientras escribes, se te van ocurriendo nuevas ideas que incluso te parecen superar a la primigenia.

Pero aquí quiero hablar por separado del momento exacto de la inspiración, aquella etapa en la que surgen ideas para escribir, momento que no tiene porqué suceder necesariamente ante un escritorio, de hecho a menudo surgen ideas más vivas en otros lugares.

Ese momento es, digamos, como un halo en el tiempo, un momento especial que nos hace sentir, fluir y en el que brotan las ideas. Y es un momento tan dulce, tan lleno de pasión y de vida…

Inspiración – imaginación

Seguro que en muchas ocasiones te has dicho a ti misma: “no tengo imaginación para escribir”.

En fin, esa es una frase negativa que a todos nos acosa de vez en cuando. En esos momentos en los que sientes que verdaderamente la inspiración no está contigo lo mejor es relajarse y ponerse a hacer otra cosa. La imaginación no es algo que se puede forzar, todo creador, sea en la disciplina que sea, sabe esto.

Pero sí es algo en lo que uno se puede habituar. La llamada a las musas nunca es redundante, nunca está de más, ellas no se van a molestar porque trates de llamarlas muchas veces. Y también llega a ser un hábito, una rutina. ¿Y en qué acciones nos podemos habituar para lograr la inspiración?

  • La imagen. Mirar es muy importante. Mirar inspira, mirar invita siempre a crear. Observar un paisaje, uno natural, o uno urbano… Ese paisaje natural cargado de belleza; o también esa ciudad bulliciosa, repleta de personajes que se cruzan en tu camino (imagina qué vidas llevarán); o esas calles desiertas, recónditas (¿inmersas tal vez en un espacio-tiempo en el que algo fantástico ocurrirá?). Acostúmbrate a fijarte en la belleza (y en la no belleza) y trata de imaginar historias con ella.

  • El sonido. Escuchar a tu alrededor, escuchar el ruido, el ruido del tráfico, o ese sonido de fondo de la ciudad al levantarte por la mañana. O el silencio. O a tus vecinos, hablando, riendo, discutiendo, haciendo el amor (aquí todo vale…). Y por supuesto la música; yo he escrito historias enteras basadas en las sensaciones que me provoca un disco en concreto, o un estilo musical idóneo para el tema a tratar.

  • El olor. El olfato es quizás el sentido al que menos caso hacemos los humanos para ciertas cosas, pero para lograr inspirarnos es vital. Vete al paisaje natural del que hablábamos antes, cierra los ojos y respira: los olores evocan mil cosas, recuerdos del pasado (algunos creen que hasta conectan con vidas pasadas, quién sabe…)

  • El movimiento. Andar… Nietzsche, aparte de un filósofo importantísimo para la Filosofía moderna, fue un gran escritor. Aseguró que las mejores ideas se le ocurrían andando, y por eso, en sus paseos reflexivos, era acompañado siempre por alguien que escuchaba sus pensamientos e iba apuntando frases tal cual en un cuaderno.

  • Y todo junto. Es decir: subirnos a un coche, o a un tren o autobús y, mientras escuchamos música, observamos el paisaje en movimiento, pasando ante nuestros ojos como una suerte de fotogramas. O circulamos por aquellas calles de pueblos o ciudades, bajamos las ventanillas, olfateamos el olor a comida, o a perfumes en un día de fiesta, escuchando a grupos de gente hablar, o reír. Y al parar en un semáforo captaremos algo de una conversación. Sí, tal vez pueda parecer cotilla, pero ellos son realmente tus personajes, ellos son tus diálogos…

Sí, esta lista abarca varios sentidos humanos, e incluso todos revueltos. Y es que nos puede resultar muy práctico pensar en ellos como una especie de tentáculos capaces de captar futuras historias.

Aunque yo creo que el gran secreto de la inspiración para escribir historias es tratar de conectar con el mundo que te rodea de una forma estética. Y por eso es primordial usar los cinco sentidos para ello. Es algo así como sentirte metido en “el teatro del mundo” de Calderón, o como vivir casi constantemente dentro de una obra.

¿Y cómo logras tú alcanzar la inspiración para escribir un relato?

Me gusta

Me gusta volar la mirada, hacer que salte de un lado a otro. Me gusta observar, desmenuzar los colores de cada cosa y montar el puzzle nuevamente a mi antojo.

Me gusta cerrar los ojos, dejar correr las ideas y que éstas se escriban a sí mismas. Me gusta correr de un lado a otro, la vista, la vista saltarina danzando por todas partes, saltando montañas, prados y copas de árboles, mientras yo viajo aparentemente estática en un vehículo por la carretera.

Me gusta observar la ciudad, sus edificios, sus miles de ventanitas, sus miles de vidas, adentro, afuera…, con mil historias, secretos, cuentos, palabras…

Me gusta tocar una iglesia vieja, una muralla desgastada, y trasladarme a su tiempo, sintiendo las voces de esas otras vidas que, de alguna forma, parecen aún hallarse en mi espacio.

Me gusta tomar aire, respirar de una bocanada, alcanzando sueños, adentrándome en recuerdos, aspirando todas las realidades, todas las posibilidades, futuras, pasadas, permanentes o sutiles; en una espiral de deseos, en una conquista de imperios.