Coronavirus y papel higiénico

(Sábado 14 de marzo de 2020)

Una explicación desde el punto de vista de la publicidad

En vista al comportamiento de mucha gente haciendo acopio de víveres ante la nada común situación que estamos viviendo en nuestro país, yo me pregunto, como tantos otros:

¿Por qué papel higiénico?

El psicólogo Steven Taylor comenta que las estanterías de los supermercados se vacían de este preciado papel porque refleja un instinto de limpieza. Desde luego es una opinión que puede ser muy acertada, y sin duda lo primero que pensé cuando observé esta situación es que tenía que responder a una especie de miedo atávico, a una respuesta profundamente psicológica.

Pero ayer me acordé de algo. Por lo visto los conocimientos publicitarios también sirven para estas cosas…

¿Recordáis aquel anuncio de una conocida marca de papel higiénico donde los protagonistas eran un cachorro blanquito, monísimo, y un niño muy bonico de unos 3 años?

Para los que seáis padres: ¿a qué edad quitasteis el pañal a vuestros hijos? A los 2 y medio, 3 años…, ¿verdad?

¿Y que hacía ese niño con su perrito en este anuncio? Estaba solo con él, no había padres, no había adultos. El perrito significaría la suavidad de ese papel, pero también es cachorro, como el niño.

Juntos se aventuran en un nuevo mundo: el mundo de hacerse mayor. ¿Y qué significa eso? Significa abandonar el pañal, dejar de necesitar ayuda, significa ni más ni menos que INDEPENDENCIA y AUTONOMÍA.

Me está sorprendiendo, durante estos días, y especialmente desde el momento en el que mucha gente se ha lanzado a los supermercados, que ese acto expresa una especie de desconfianza de la organización humana en la que estamos metidos.

Me explico: hemos perdido la confianza ante lo que significa Estado, gobierno, organización comunitaria, país, Constitución…

Ante una crisis x muchos se agolpan en los supermercados (haciendo cola, por cierto, justo lo contrario de lo que recomiendan) y parecen creer que en cualquier momento dejarán de haber víveres, todo será un caos desorganizado, y cada uno tendrá que pensar en sí mismo, en su yo, en su casa, en su acumulación de alimentos y artículos como el papel higiénico que nos otorga la perdida libertad e independencia, pues antes o después llegarán las fuerzas vivas robándonos nuestra autonomía, pero por otro lado también faltará la comida y… ¡Uf! ¡El terror! Como esas películas americanas apocalípticas donde cada uno tira para lo suyo y trata de sobrevivir por su cuenta, siendo absolutamente todo el mundo que le rodea el enemigo, tipo Tom Cruise con sus zagales huyendo, topándose con locos por doquier, en la Guerra de los Mundos.

Vamos a ver… Empecemos por recordar algo:

¿Qué paso con el 11-M en Madrid? Pues según una película americana lo siguiente:

“Cuando la ciudadanía se percató de que la capital había sido atacada por el terrorismo, corrieron despavoridos, sacaron sus coches del garaje rápidamente, catapultaron a sus hijos dentro y salieron pitando de la ciudad atascando sus salidas como si no hubiera un mañana. Y por el camino se toparon con grupos de tipejos de barrios conflictivos que trataban como palurdos de aprovecharse de la situación robando, en vez de tratar de salvar sus vidas, y esto lo hacían porque eran muuuu mu malos…, una cosa bárbara.”

¿Y qué ocurrió realmente? Pues que la gente se organizó para ayudar a los heridos, que muchos ciudadanos hicieron cola para donar sangre. Es decir, que la gente se organizó en común.

En esta situación actual del Coronavirus, y habiendo entrado ya en el estado de alarma, resulta que tenemos una Constitución Española, del 78, la mar de útil. Porque para esto debe de servir un Estado, una organización territorial de gentes viviendo en ella: para unirnos, pensar en el “todo”, y servir de utilidad al bien común.

¿De qué nos sirve vivir en un país x si ante una situación anormal nos ponemos a actuar desconfiando de nuestra propia organización, como si fuésemos entes aislados, tratando solamente de salvar nuestro propio culo (lo siento, con lo del papel higiénico es que me venía al pelo).

Resumiendo: en un estado de alarma, según la Constitución, el gobierno podrá tomar fábricas de producción para repartir víveres a la población, y para evitar precisamente que unos compren máscaras a granel y luego las vendan en Internet multiplicando su precio por diez.

Tras meses y meses de banderas y banderas por aquí y por allá, resulta que ahora es precisamente el momento de sentirse pertenecer a un PAÍS. Y da igual que lo identifiquemos como “patria” al estilo conservador, o “estado” al estilo social. Usad el término como más os guste, de derechas o de izquierdas, no importa: es hora de emocionarse con lo común, con la patria, con el país, con el estado social…, es hora de creer en nuestras instituciones, de confiar en nuestro estado de derecho, en las leyes, en la Constitución…

Juntos lo superaremos. Pero, en lo máximo que se pueda, cada uno en su casa 😉

#MeQuedoEnCasa

Ernst Ludwig Kirchner

Kirchner está asomado a la ventana. Las gentes pasean por las calles de Berlín con relajada parsimonia, mirándose los unos a los otros, con altivas miradas, alzadas éstas en plumas y sombreros, en un vagar con meditado paso y jerárquico comportamiento.

Cierra los ojos. Suenan tambores de guerra. La sociedad parece estar desquebrajándose. Kirchner se halla inmerso en una de sus épocas solitarias.

El grupo Die Brücke (El Puente), en el que hacía unos pocos años compartía con sus compañeros de estudios, se ha desmembrado. El artista se ha instalado en Berlín, y en esta ciudad observa los aspectos decadentes de una sociedad inmersa en su ego burgués.

Escena de Berlín. Ernst Ludwig Kirchner. 1914.

Solemos conocer la historia de muchos artistas. Pero la de Kirchner no es muy conocida. Fue uno de los fundadores del grupo Die Brücke, y uno de los primeros creadores del primer expresionismo pictórico, el expresionismo figurativo.

Suelo observar a los artistas, de cualquier disciplina, pictórica, musical, literaria… Y me he dado cuenta de una cosa: nos gusta recordar como racionales a aquellos “genios” que parecen haber triunfado, y nos gusta mirar con ojos asombrados, a la par que asustados, a aquellos que mueren jóvenes, o a los que se se suicidan, o a los que abusan de drogas y alcohol, o a aquellos que parecen estar cubiertos de un velo de desdicha.

Postdamer Platz. Ernst Ludwig Kirchner. 1913.

A menudo se califica al artista que no entra en los parámetros de “normalidad” como de loco, drogadicto, de vida pendenciera, en definitiva: que su arte responde a un acto de locura, no a una respuesta tras una observación consciente del mundo. A Kirchner se le puede catalogar en esto y al mismo tiempo no.

Su trabajo fue reconocido. En los años 20 Kirchner ya era una figura reconocida del arte expresionista, arte que se desarrollaba ahora por los cuatros costados no sólo en la pintura, sino en la fotografía y el cine.

Obra fotográfica: Cocina alpina. Retrato de Kirchner. 1910

Pero estamos en 1914. Justo antes de que se inicie la Primera Guerra Mundial.

Kirchner abre los ojos. Le fascina la ciudad, en todos sus aspectos. Ricos, altos sombreros, prostitutas, artistas de circo, señoras emplumadas… Ruido, desorden, máquinas, vida, deshumanización, angustia…

La ciudad en la noche brilla, pero Kirchner no va a destacar las luces de la ciudad, ni siquiera tiene pensado expresar claramente el día o la noche.

Los colores son su arma, el arma de todo expresionista de Die Brücke. Así lo aprendieron, él y sus compañeros, del fauvismo, pero no…, Kirchner no usará el color al modo fauve.

Autorretrato como soldado. Kirchner. 1915.

Mientras un fauvista (Matisse o Derain) usaría el color para definir una armonía general en la obra, el expresionismo lo usará deliberadamente para romper la armonía. Kirchner ha puesto sus ojos en la burguesía berliniana que pasea impasible ante el horror del hambre de los que les piden por las calles, o ante el horror de una política corrupta. No…, la armonía no puede existir en su obra, pues la armonía no existe en el mundo.

Poco después Kirchner se alistará al ejército.
Hablamos de una guerra en la que los jóvenes se alistaban por voluntad propia, en un ambiente de patriotismo exacerbado. Él es uno más.

Ya no volverá a ser el mismo.

Meses después, en 1915, tiene que dejar el ejército. Vuelve tan dolido, física y emocionalmente, que es internado durante un tiempo. La guerra le ha hecho engancharse a los barbitúricos y al alcohol.

Desde entonces vivirá en Davos, una ciudad suiza, tranquila, rodeada de montañas. Lo hará con su novia de toda la vida, Erna Schilling.

A partir de entonces su vida será una lucha continua contra la depresión, contra la marca de la guerra. Y una vida de intensísima creación artística, no sólo pictórica, sino también fotográfica.

Y mientras, el fantasma de la guerra vuelve a acechar Europa. El nazismo se hace con el continente, avanza. A Kirchner esto le aterra. Los nazis han catalogado su arte como “degenerado” y Kirchner siente los insultos y el odio de sus compatriotas acechar sobre su nuca.

Siente miedo, le horroriza la vuelta de la guerra.
No entiende nada, no comprende la expansión de semejante sinsentido.

Ernst Ludwig Kirchner

En 1938 Hitler amenaza con llegar a Suiza. Kirchner no lo soporta más. No quiere vivir en esta locura de mundo. ¿Pero qué demonios está ocurriendo? Le sugiere a su mujer el suicidio juntos. Nada tiene sentido, no pueden continuar en este mundo tan miserable, tan ilógico, tan inhumano.

Su mujer acude a buscar ayuda al verle dispuesto a suicidarse. Es entonces cuando, solo, se dispara en el corazón.

Siempre me ha enternecido este personaje. Su arte es violento y dulce al mismo tiempo, despierta entusiasmo vital a la par que terror.

No entender a Kirchner es no entender el dolor ante una sociedad acosada por el belicismo y la intolerancia. La inestabilidad de Kirchner no fue fruto de una mente irracional y difusa. Su angustia, su nerviosismo y su miedo, fueron el reflejo de su profunda sensibilidad; el grito de su profunda humanidad.

Franzï ante una silla tallada o tótem. Kirchner. 1910.

Luces en el cielo

Hacía un calor aquella noche de sábado que pesaba, que abotargaba los sentidos, que parecía aplastar sus sueños, pues se sentía hundida en el abismo de una cotidianidad no elegida.

Y soñaba, se atrevía a soñar. Habían vagado por la ciudad un buen rato. Y había mucha gente en ella, la urbe se apestillaba de viandantes por doquier. Parecía que todo el mundo andaba como ella, sin saber qué demonios hacer con sus vidas, deambulando sin rumbo por calles peatonales entre heladerías, tiendas y publicidad imperativa muerta y encorsetada.

Ahora viajaban en coche. De vuelta a casa. Él conducía; ella escudriñaba las calles, las avenidas, los edificios… Alzaba la vista haciendo algo que tan a menudo solía hacer: observar las luces de las viviendas, de los altos pisos, aquellas ventanitas en su acogedor brillo hogareño, cálido… Trataba de atisbar las vidas allí metidas.

―No sé qué hacer…, no sé en qué centrarme…

―Tranquilízate un poco. A veces las buenas ideas nos vienen así, sin más― le decía él.

―Sí, es posible.

Suspiró entonces. Se recostó en el asiento. La verdad es que se sentía muy malhumorada aquella noche. Un inútil enfurruñamiento, lo sabía. Un enfado consigo misma. ¿Habrá algo más tontamente enfrentado con el ser?

Sacó la mano por la ventanilla buscando algún atisbo de frescor nocturno en aquella horneada noche murciana. ¡Uf! ¡Cómo detestaba el calor! Siempre sintió que con él las ideas se le paralizaban. Quería relajarse, pero el empecinado enfado le aprisionaba el entendimiento, y no lograba hallar la brisa que buscaba.

Y entonces, de repente, alzando la mirada ante una avenida que cruzaban, visualizó algo tan extraño, tan absurdo y tan inexplicable, que no sabía en qué términos llamar la atención de su compañero, limitándose a alzar el dedo señalando aquéllo, sin aún articular palabra, con la esperanza de que alguien que viajase en la fila de coches que oportunamente les seguían en un muy concreto atasco, el cual les había hecho parar precisamente ahí, viese en el cielo semejante galimatías para el puñetero entendimiento.

«¿Castillo? ¿Fuegos artificiales? ¿Farolas desviándose hacia Dios sabe dónde? ¿Globos iluminados?…»

―¿Pero…, pero qué narices es eso?

―¿Qué?― preguntó él ―¿Qué pasa?

―A ver…, ¡mete…, métete por esa calle y para!

Se habían bajado del vehículo y ahora ambos miraban al cielo. Había gente por aquí y por allá, pero poco a poco, cual gran angular berlanguiano, cada uno fue escondiéndose por su sitio. Alguien se metió en un coche y salió rápidamente de allí, un chico cruzó la calle y apresuradamente sacó las llaves y entró a su casa, una pareja con sus zagales cruzó la bocacalle saliendo airadamente de escena. Y una mujer atravesó la avenida para tirar la basura.

Pasó junto a ella. Estuvo tentada a llamarla y pedirle que alzara la vista también para ver aquel espectáculo extraño, atemporal, ilógico. Pero no se atrevió. Era como si aquello estuviese ahí para contemplarlo solamente ellos dos.

Inmersos en un repentino silencio y soledad que se les antojaba a propósito, observaron aquellas extrañas luces que ascendían hacia no se sabía dónde.

Se alzaban con enigmática elegancia, organizándose en varios grupos de tres o cuatro, como en bloque, subiendo juntas, a la misma velocidad, dirigidas todas por una misma mano, o patrón, o aplastante lógica cuadriculada en su espectacular absurdo, o acompasado y armónico código matemático.

Eran como enormes farolas amarillas de carretera, surgiendo desde el horizonte, viajando en una perfecta línea diagonal, dirigidas por un bonito y regular compás, en una suerte de autopista fingida hacia el cielo. Todas ellas con cierta prisa, pero no tanto…, pues permanecían algo pausadas y, curiosamente, dos aisladas, una a cada lado, surgían desde el horizonte tratando de adelantar al resto, rebasando un poco a las que subían en forzados grupos, como tratando de escoltarlas por los flancos.

Y todas desaparecían, se fundían en el espacio, cuando alcanzaban la brillante luna nueva. Pero aquella marmórea luna se alzaba, ni más ni menos, que en el mismísimo orbe, exactamente encima de sus contemplativas cabezas.

Se habían asomado al mundo, se habían escapado quizás de una ecuación oculta del Universo y, ante un agradable silencio, tan sólo ellos dos se habían percatado de aquel evento absurdo, sin sentido, sin finalidad aparente, ni lógica explicable.

Las ideas que ascienden. Las luces que se escapan.

A ella le había invadido una contradictoria sensación de hiper-normalidad, como dando por hecho todo lo allí ocurrido, sintiendo durante aquellos minutos que estaba ante algo muy lógico, de aplastante sentido, y para nada amenazante.

Y él se sintió atrapado en una nebulosa del espacio-tiempo, en una parálisis sónica temporal, en una confusión inquietante, en una realidad tangible inserta en un incoherente y real sueño.

Las señoritas de Avignon, de Pablo Picasso

Comentario de la obra ‘Las señoritas de Avignon’

(Comentario muy personal)

Al lanzar la mirada, en un primer vistazo, veo una imagen extrañamente moderna, a pesar de sus ciento doce años de vida. Quizás tengo marcada esa imagen de lo que nuestros abuelos entendían por «lo moderno», o seguramente continúa siendo moderna…

Una multiplicación de formas se pliegan, como un puñado de bloques amontonados, sonando papel doblado, o sábanas, o cortinas de este burdel de Avignon. Máscaras africanas, arquetipos íberos en el centro…, ¡pero qué locura de formas mezcladas! Aunque no…, observando bien, y cuanto más miro, todo parece explicarse y tener gran sentido, no habiendo absolutamente ningún trazo al azar.

Las señoritas de Aviñón. Pablo Picasso. 1907.

Me llama la atención el rosa de sus pieles, esos tonos cálidos… ¿Cómo es posible que en unas formas tan antinaturales siento la presencia de esos cuerpos desnudos? Ellas se están mostrando, y en una multiplicidad de gestos, de posturas, de puntos de vista. Lo que en un primer vistazo era bloques amontonados se convierte ahora en un caleidoscopio que invita a la tridimensionalidad sólo así posible dentro de una representación tan plana, sin profundidad, sin volumen.

Y es que el cuadro es mágico, sí…, pues mágicamente se desdobla en una suerte de papiroflexia creando una estrafalaria tridimensionalidad. Y cuántos habrán dicho ante esa obra: «¿Por qué lo pintó así? ¿Es que no sabía pintar?» Sí, claro que Picasso sabía pintar, pero sabía más que eso. Supo romper las leyes impuestas para crear tridimensionalidad y perspectiva, aquellas que quinientos años atrás establecieron los renacentistas. Y supo romper la forma habitual de representación humana occidental, sin tampoco abandonarla, sino uniéndola a formas de representación, que para él eran tan válidas como las occidentales, como el arte negro africano, el arte egipcio o el arte íbero antiguo.

Y curiosamente, usando estos arquetipos de otras culturas, aprovecha estas formas para introducir un rasgo de modernidad: otro punto de vista, otra manera de contar la realidad. Ahora la mujer desnuda no es esa bella cortesana de La Venus de Urbino de Tiziano, o La Venus frente al espejo de Velázquez, que parecen felices, tranquilas, autocomplacientes…, ¿verdaderamente era eso realismo? Ahora estamos ante mujeres de gesto serio (las dos del centro), que no son prostitutas por placer, sino por necesidad de comer, y muestran gestos de miedo, incluso de aburrimiento. Según miramos a uno u otro ojo de estas dos damas íberas, esos ojos tan descolocados uno respecto al otro, captamos uno y otro sentimiento.

¿Y esas máscaras negras? ¡Qué sensación tan terrible producen! Es como si se anunciara la muerte de ellas, o la negación de estas personas, o es la máscara que han de llevar en su trabajo que las expone a cualquier cosa.

No es un cuadro bello, no estamos ante aquellas formas armónicas y tranquilas de tiempos pasados. ¡Claro que no! ¿Y por qué habría de ser bella la representación de una vida sórdida e insegura?

Qué es el misterio

La magia de lo incomprensible

Algo inexplicable, o aquello que solemos catalogar como “misterio”, suele convertirse en un aliciente en mí. Me gusta el interrogante, o aquello que no tiene explicación. Cuando siento que algo está demasiado acotado y me está diciendo “ser” conocimiento, automáticamente pienso que no es tal.

Creo que la misma interpretación de las cosas crea en sí el mismo hecho interpretado. En esto mi compañero Javi os podría hablar largo y tendido filosóficamente. En mi caso incluso he llegado a especular que tal vez todo este mundo, o universo, o toda esta parafernalia, sea una creación conjunta de todas nuestras mentes. Una creación imaginativa, una creación artística con la intención expresa de ser vivida de forma tangible.

Supongo que no en vano estudio Historia del Arte para llegar a estas conclusiones.

Bajando a la tierra, me parece revelador lo siguiente: las ideas nacen y, después, poco a poco, esas ideas que, potencialmente pueden ser buenas, frescas o liberadoras, pueden terminar malográndose.

La religión

Fui educada en el bienaventurado ateísmo. Nuestro señor Don Ateo es muy fino para ciertos aspectos de la vida y para otros no tanto. Es decir, el ateísmo libra de muchas malas sensaciones a quien ha sido educado en un cristianismo feroz; pero también es capaz de maniatarnos en otras ideas y sensaciones que también pueden llegar a limitarnos.

Por ejemplo, para quienes crean en el castigo divino, es muy liberador hacerse ateo. Yo ya digo que fui educada en el ateísmo, pero lógicamente en mi familia, en mi vida, y por supuesto en mi sociedad, he tenido el cristianismo de cerca.

La religión no es, para mí, per se, algo negativo. La religión es una forma de acercarnos al conocimiento, o al intento de conocimiento, intangible. Y creo que deriva de unas ideas formadas con anterioridad a esa religión, es decir, a priori, a raíz de experiencias históricas puntuales de un pueblo en concreto o de la humanidad. El cristianismo nació con la intención de borrar el sufrimiento, la esclavitud, la obediencia al poderoso. El Dios Padre convertía, frente al Dios hebreo tan severo, a todos en hijos de Dios, y por tanto nadie debía más obediencia a ningún señor terrenal. ¿Idea sencilla y profunda, verdad? Lógicamente son ideas propias de un pueblo que deseaba liberarse. Sus ideas eran tan incisivas y, en aquellos tiempos, debieron de sentirse tan liberadoras e inspiradoras, que rápidamente el cristianismo terminó llegando a occidente.

Pero…, ¿qué pasó después? ¿Por qué la idea que tenemos del cristianismo hoy día es de una mentalidad castradora y que parece basarse en la sumisión? Bueno, este es el eterno problema, lo que trataba de decir al principio: las ideas en sí, en un primer momento, nacen en positivo, y después, con los años, o con los siglos, se pueden convertir en algo interesado, o en ideario cerrado y castrante, que vienen muy bien a los sectores poderosos. En definitiva: es el poder el que castra, no las ideas.

¿Religión vs ciencia?

A menudo se separan ciencia y religión, cuando en realidad la ciencia no nace en una especie de posición enfrentada con la religión. Muchos científicos han sido religiosos, cristianos, aún hoy… De hecho hace unos meses vi un documental sobre la teoría física de cuerdas y dos de sus investigadores confesaban que, mientras realizaban sus fórmulas y a menudo en ellas les salía el mismo resultado numérico (creo que el número era 496 y lo asociaban al número áureo) afuera en la calle se lió una gran tormenta y sintieron un escalofrío y se dijeron: “a lo mejor a Dios no le gusta que estemos desvelando su secreto”. Quizás esto lo contaron con un poco de coña, vale, pero me viene esta anécdota a colación para decir lo siguiente: ¿realmente podemos decir que ciencia y religión están enfrentadas?

Bueno, si imaginamos religión como un Dios con barbas, tío machote por supuesto, con una señora a un lado y su hijo al otro, todos subidos en una nube, pues claro…, esto empieza a sonar un poco absurdo. Otro día puedo hablaros de la iconografía cristiana y sus orígenes, más en relación con formas artísticas ya establecidas anteriormente y con una intención de comprensión representativa para con el público, que con expresar una idea metafísica de forma metódica. Pero si simplificamos la idea religiosa como la posibilidad de que el universo puede estar creado de forma intencionada o inteligente, eso ya es otra cosa. Y por cierto, ya puestos a pensar así, igual no es un sólo ser el que dio con la receta mágica, sino varios, y qué decir que las identificaciones de género (dioses o diosas) están más relacionadas con el aquí cultural que con el allá.

Y por cierto que hasta en la ciencia actual, dígase teoría de cuerdas o suposiciones en cuanto a qué demonios hay detrás de la física cuántica, veo mucho germen aún de religión monoteísta. ¿Por qué han andado algunos físicos tan preocupados por hallar “la fórmula” que explique “lo grande” y “lo pequeño”? ¿Por qué todo tiene que ser UNO?

¿Y por qué hay tantos ahora que ven analogías de la física cuántica con ideas propias de religiones orientales? Hasta en la ciencia tenemos nuestra cultura y religión presentes. Esto es algo que estudia a fondo la Filosofía de la Ciencia. La mentalidad no es algo ajeno a la ciencia de hoy, por mucho que nos hagan creer lo contrario.

En fin, en cualquier caso vaya por delante que, lógicamente, yo no tengo ni puñetera idea de cómo se ha creado esto, o si es fruto del azar. No me cuadra ni una idea religiosa cerrada, ni el materialismo o empirismo más radical; no comprendo ninguna de las dos. Dicho sea esto, y recordando lo explicado antes: “es el poder el que castra, no las ideas”, pienso que si en algún momento se descubre la auténtica -supuesta- realidad de qué narices es esto, o de cómo ha sido creado, si esa realidad no gusta al poder ya harán lo posible por tergiversarla o lo que sea menester. Y es muy probable que en ese punto en el que esa idea ya está tocando con el poder, esa hipotética realidad se convertirá en algún tipo de mensaje que nos invite a la sumisión, a la obediencia o al conformismo. En fin…, es algo que podría ocurrir fácilmente.

¿Y cómo descubrir la realidad?

Bueno, pues informarse aquí y allá, reflexionar uno mismo, y sobre todo desechar rollos negativos y que inviten a agachar la cabecita, por ahí seguramente estaremos escogiendo el buen camino. Es mi opinión.

Nada es seguro y, como decía Descartes: “pienso, luego existo”. Todos pensamos, todos existimos. Por tanto tus ideas no son menos que las ideas que aquél considerado “experto”. Personalmente creo que lo único realmente positivo es aprender la siguiente lección: todos, absolutamente todos, podemos acceder al conocimiento.

Cada época, cada cultura, establece un paradigma de lo real. No dudemos pues que las verdades inmutables de nuestro mundo de hoy pueden desbaratarse en el mundo de mañana. Por tanto hemos de atrevernos a usar nuestra razón, y nuestra intuición para “saber”, pero lanzándonos a romper nuestras propias ataduras y las de nuestra sociedad.

* * *

A veces pienso que el universo puede ser simplemente un caos, y otras veces siento que todo está como encajado, como pensado de antemano.

A veces observo demasiadas casualidades, y otras veces parece que el absurdo acecha.

A menudo siento el mundo, el universo, la existencia, como una obra literaria…

Y ésta puede ser fantástica, estupenda, o por el contrario poco inspirada. Y además, aunque al parecer yo la escribo, a menudo siento que todos la escriben; pero luego, como diría Barthes, la obra literaria termina en el lector, con lo cual volvemos nuevamente a la subjetividad, al Idealismo hegeliano, a que cada cultura elige su realidad o su método de acercarse a ella.

Con el Bing Bang nació el Universo. Últimamente se habla también mucho de la energía oscura como fuerza que dispara ese movimiento primigenio del Bing Bang que cada vez, curiosamente, se acelera más.

¿Saben qué decían los griegos? Que Eros era la energía, una fuerza: el Amor. Éste hacía unirse todo para crearlo todo. Y antes de todo estaba el Caos, un estado previo del Universo espiritual. Del Caos surge Gea (la tierra, o… llamémosle materia) y la fuerza de Eros hace que Gea cree, por sí misma, a Urano (el cielo, Caelo para los romanos), con un tamaño similar a ella para que la abarque completamente.

La señora

Había estacionado junto a un bar de carretera. Tenía éste un aire antiguo y lúgubre.

Sentía una sensación extraña en el cuerpo, pero no sabía definirla. Lo mejor era tomar un café y estirar un poco las piernas. Todavía le quedaban unas cuatro horas al volante.

Un par de tipos en la barra, un hombre mayor, de voluminosa barriga, en una de las mesas y, en otra al fondo, una extraña pareja. Daniel se sentó en la mesa más próxima a la puerta de salida.

Aquellos bares de carretera. Gente peculiar. La joven pareja miraba a su alrededor, ella se ocultaba con las manos, restregándose la cara, parecía tener la intención de esconderse, como si hubiesen cometido un delito o una falta y se avergonzase de ello.

El camarero salió de la barra, llegó hasta su mesa y le sirvió un solo.

―¡Anda! Tiene gracia… ¿Cómo sabía que pretendía pedirle un solo?― El hombre le sonrió con extraña confidencialidad y volvió a la barra. Daniel tomó aquel café y estiró el periódico.

Y entonces entró aquella mujer casi anciana. Fijó la mirada en ella un momento. ¿De qué la conocía?

Ya era casi de noche, pero aún le quedaban un par de horas de trayecto. Estaba cansado. Ya había entrado en la comunidad autónoma donde se ubicaba su nuevo empleo. Ahora tocaba encontrar aquel pueblo perdido tras atravesar un buen trecho por un par de carreteras comarcales. Vio el cartel de una gasolinera cercana. Decidió parar en ella para repostar, pues aunque aún le quedaba medio depósito quería asegurarse por si había de dar muchas vueltas.

En aquella gasolinera nadie atendía. Era raro en un lugar de pueblo, esperaba un trato más directo. Repostó él mismo. Mientras lo hacía vio llegar a un Seat Ibiza rojo. Y la mujer… «¡Vaya! ¡Qué casualidad!», se dijo a sí mismo. Era la misma anciana que había entrado en el bar en el que había estado tomando café hacía unas dos horas, bastante lejos de allí.

Se sentía algo adormilado al volante, pero había de llegar pronto a su destino, no quería que se le echase la noche del todo encima.

Aquella comarcal era larga, intrincada, con amodorrantes curvas, y atravesaba la húmeda sierra en las inmediaciones de la población donde había de llegar. Según el mapa, al menos, no parecía quedarle más de media hora de trayecto.

Circulaba solo. No había nadie en aquel camino. Entonces sintió unos faros tras él. Por el retrovisor vio otro coche.

―Hui…, menos mal…, que da cosa ir por aquí tan solo.

¿Y aquel coche? ¿Era oscuro?…, no. Parecía rojo. Se iba acercando a él. Ya estaba casi encima. Y entonces la vio. Era la misma señora de antes, la misma del bar, la misma de la gasolinera.

―¡Joder! ¿Otra vez? Pero bueno…, ¿es que me sigue o qué? Ya me está poniendo nervioso la tía ésta…

Lanzó la vista seguidas veces hacia el retrovisor. ¿Quién era? ¿Pero cómo podía circular durante cuatro horas el mismo trayecto que él? ¿Lo estaba siguiendo? Y tan mayor…, ¿es que no se cansaba? E iba acercándose más y más, tanto que Daniel se vio obligado a acelerar entre aquellas curvas desconocidas.

―¡Oiga señora! ¡¿Quiere dejarme en paz de una vez?!

Sorteó una curva bacheada demasiado deprisa. Maldijo mientras, entre sudores, su pulso se aceleraba. Volvió a mirar por el retrovisor y el coche continuaba tras él, muy pegado a su vehículo.

―¡Joder con la…!

Pero entonces se dio cuenta.

―Eh…, do…, ¿dónde está? ¿Do…, dónde está ella? ¡No…, no está! ¡¡¡Ella no está!!! El… ¡¡¡El coche va solo!!! ¡¡¡Ella no está!!!

Giró el volante buscando salida. Se había salido de la calzada. Pero por suerte no le había pasado nada. Había dado un frenazo frente a un pequeño espacio abierto junto al camino. Aquel lugar parecía ser el aparcamiento de algún local. Pero Daniel estaba pendiente del coche rojo que continuaba circulando por la carretera, sintiéndose aliviado, pues por fin se alejaba de él.

Deseaba descansar. Debía dormir. Ya encontraría el dichoso pueblo a la mañana siguiente.

Anduvo vagando, sorteando los coches estacionados frente a aquel bar de carretera. Se apoyó por unos segundos en un Seat Ibiza rojo. Tras recuperar un poco la respiración entró al bar.

Un par de tipos en la barra, un hombre mayor, de voluminosa barriga, en una de las mesas y, en otra al fondo, una extraña pareja. La chica alzó la vista repentinamente y fijó sus asustados ojos en los de Daniel. Él se dirigía a una de las mesas cercanas a la salida para sentarse.

Y el camarero acababa de servir en ésta, junto a un periódico doblado, un café solo.

Un relato de terror, de Margarita Guirao