Progreso y familia

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PEPA: Hola, ¿te has levantado temprano?

ANDRÉS: Pues la verdad es que no, anoche me enganché a un software de música.

PEPA: ¡Te gusta la música!

ANDRÉS: ¡Oh sí…! Sí, sí…, mucho.

PEPA: ¿Sabes? Tengo discos antiguos, están muy bien.

ANDRÉS: ¡Jo, qué rollo!

PEPA: Oh no…, no…, no son ningún rollo. Hacían cosas guapas, ¿sabes?

ANDRÉS: No…

PEPA: ¡Que sí!

ANDRÉS: De acuerdo… Pero oye, quería hablarte de algo más importante. Es que quería decirte que quizás podríamos vernos.

PEPA: ¿Qué tienes que comprar?

ANDRÉS: Yo nada. Son mis padres los que tienen sueldo y salen a hacer las compras y esas cosas. Pero es que Pepa…, yo quiero…, yo quiero verte porque quiero verte.

PEPA: Pues hijo…, no podemos. No tenemos un salario, no podemos salir sin dinero. Y a mí la verdad es que sólo me quedan un par de años para terminar mis estudios para poder teletrabajar, aunque bueno…, de aquí a dos años vete tú a saber…, en fin.

ANDRÉS: Bueno Pepa. Esta tarde hablamos otra vez. Sobre las cuatro o por ahí estaré por aquí. Y ya veré lo que hago.

PEPA: ¡No cometas una locura!

ANDRÉS: ¡Que no…! Adiós guapetona. Come bien 🙂

PEPA: Ale hermoso… Tú también 😉

Andrés subió a su habitación. Pensó en el modo de salir. Se asomó a la ventana. Sintió unas incontrolables ganas de verla. Y siempre había tenido esa terrible curiosidad por saber lo que ocurría ahí afuera.

Sus padres comían hoy en el “porche”. Podría escapar por la puerta principal.

Bajó, se acercó hasta la entrada. Y sigilosamente salió.

No había nadie en la calle, el único ruido era el leve golpeteo de los cubiertos procedente de las casas. Él comenzó a andar en alguna dirección. Se metió las manos en los bolsillos y se tapó un poco el rostro con las solapas de la chaqueta, “como hacen en las películas esas antiguas que le gustan a Pepa”, pensó. No quería parecer un novato en esto.

A lo lejos vio a uno de esos publi-guardias de los que tanto había oído hablar en la tele. Y aquel hombre se iba acercando poco a poco, e iba formándose en su faz un gesto amable.

—Buenas tardes.

—Bu…, buenas tardes— balbuceó Andrés, a la vez que trataba de ocultarse en su chaqueta.

—¿Qué necesita usted comprar?

Andrés se limitó a mirarle, intentando forzar una mirada decidida.

—¿Qué va a comprar? Mire: tengo un montón de ofertas. Supongo que a estas horas saldrá porque se le habrá olvidado el pan. ¡Pues en aquella dirección encontrará uno de los mejores supermercados de la ciudad! “Si quiere variedad en supermercados “De Todo” la encontrará”. O bueno, si quiere el pan casero típico podrá encontrarlo en “Panadería La Artesana”, rica en productos de calidad, con toda la garantía de una rica y estupenda dieta mediterránea. ¿Cuánto dinero lleva?

—¿Cómo?

—¿Que cuánto dinero lleva? Lo digo porque en “Panadería La Artesana” los precios son algo más caros, ¡pero van acordes con la calidad, por supuesto! En cambio en supermercados “De Todo” podrá encontrar las mejores ofertas. Siempre los mejores precios, se lo aseguro. ¿En qué trabaja? ¡Vamos! ¿En qué trabaja?

—¿Cómo?

—¿En qué trabaja?

—Pueeeees…

Otro extraño guardia se fue acercando. También sonreía con fuerza, mientras llegaba, mostrando sus esplendidos dientes blancos.

—¿He oído que va usted a comprar pan? ¿He oído que va usted a comprar pan? ¡Oh…, tengo una oferta insuperable!

—Pero oiga…— insistía el otro guardia —¿En qué trabaja? ¡Vamos! ¡No se corte! Soy un amigo de confianza ¡Estoy a su servicio! ¿En qué trabaja? ¡Vamos! ¿En qué trabaja?

—Escúcheme: tengo una oferta insuperable, ¡tengo una oferta insuperable!, ¡hecha a su medida! Escúcheme, escúcheme…

—Eeeer… ¡Oh! He olvidado que mi mujer salió de compras. Ella…, ella habrá comprado el pan, se…, seguro que lo habrá comprado, sí… Gracias por su ayuda pero…, pero si lo compro yo también pues…, pues ella protestará y…, porque andamos algo justillos de dinero, y eso…

—Bueno amigo…— Andrés fue alejándose con rapidez, deseando volver a su casa –tenga suerte y… ¡Recuerde!: ¡Siempre a su disposición!

—Y sepa que yo siempre tengo las mejores ofertas.

—¿Usted? ¡Oh, vamos! Nosotros somos los únicos en nuestros comercios en unir: “confianza, calidad, precio”.

—Pero nosotros tenemos grandes ofertas para jóvenes y no tan jóvenes, para un bajo presupuesto y no tan…

Andrés llegó a la puerta de su casa. Estaba sudando.

“Menos mal que he salido de ésta”.

Y lo peor de todo: ahora recordaba que ni siquiera sabía donde vivía Pepa.

—Papá: Yo…, necesito un trabajo.

—¿Trabajo? ¿Pero no querías terminar la carrera?

—Sí. He pensado que la terminaré mientras trabajo, a ratos libres en mi nueva casa.

—¿Tu nueva casa? ¿Quieres independizarte? ¡Vaya! Veo que estás enamorado de verdad de esa chica que has conocido en la red.

—Pues…, pues sí.

—¡Bueno…! A mí me ocurrió lo mismo con tu madre, es comprensible. Pero…, no sé… ¿No crees que sería mejor terminar la carrera antes?

—Papá yo…, yo no pensaba dejarla. A ver…, ya sabes que…, que podría ayudarte con tu negocio más.

—Sí bueno, pero para que te de para una casa tendré que darte un puesto de responsabilidad. En fin…, podemos pensarlo. Tendrías mucho trabajo en remoto, no como ahora que te mando alguna cosucha para algún capricho por Internet.

—Ya…, ya lo sé. Pero…, pero yo quiero ser como tú— Andrés sintió crucial decir aquella frase, aunque realmente no se sentía muy seguro de lo que decía. —Tú empezaste el negocio sin haber estudiado ninguna carrera, ¿no? Y…, y años después realizaste una buena teleformación, ¿por qué no iba a poder hacerlo yo?

—En fin…, bueno. No sé…, no es que me parezca mala idea, simplemente quiero que te sientas seguro de la decisión que tomas. Bueno…, supongo que sí podrías sacarte la carrera mientras. Lo que sí que tengo que decirte es que no sé cómo verá tu madre esto, sabe que algún día tiene que ocurrir, lo de que te independices, pero no creo que esté del todo preparada. En fin, yo…, yo en cambio creo que eres ya todo un hombre, sí, y estoy seguro de que saldrás adelante. Y yo siempre he deseado que finalmente heredes la empresa, y ya es hora de que te familiarices a fondo con ella.

—Gracias papá. Adoro tu tolerancia, eres muy comprensivo y siento un gran respeto hacia ti.

Tras las palabras del padre Andrés se sintió crecer, elevarse, se sentía un hombre nuevo. Y comprendió, en aquel golpe de inspiración, que debía incluir aquel solemne colofón para terminar de convencer a su progenitor.

ANDRÉS: Pepa: nos casamos.

La puerta.

Ante él se abrió lentamente y casi parecía conocer ésta el compás de la música que sonaba en la calle.

Un elegante automóvil descapotable se hallaba frente al portal. Sobre él una preciosa muchacha vestida con un sencillo traje de un verde apagado, casi blanco. Su pelo, ayudado por horquillas, se parecía al fuego, y sus ojos grises brillaban con entusiasmo.

Andrés reconoció a Pepa. Pensó que su belleza superaba a la reflejada cada día en la pantalla del ordenador. Aquel fino rostro estaba repleto de una iluminación y de una naturalidad que dejaron perplejo al temeroso Andrés.

¿Temeroso?

Aquel publi-guardia lo miró fijamente con complicidad, afirmó con la cabeza y entonces todos comenzaron a aplaudir a la vez que agitaban la cabeza de arriba a abajo. Su madre le dio, siguiendo la costumbre nupcial, un golpecito en la espalda y, sumido en el calor de los aplausos, atravesó el portal de la casa que le vio crecer y pisó la calzada de la calle.

Junto a la novia el trayecto en aquel hermoso vehículo fue tan corto como eterno. Todos observaban embelesados a la pareja, sonreían y les echaban flores. Pepa suspiraba pletórica y Andrés repasaba con la mirada el asombroso espectáculo que le envolvía: aquellos árboles en fila que flanqueaban la calzada agitándose acompasados por el aire; aquella gente que sonreía de oreja a oreja y aplaudía permaneciendo muy estática frente a los portales de sus casas; aquellos vehículos de transporte de servicios que se paraban para dejar paso a su espléndido turismo, bajando sus conductores del coche para aplaudir, abriendo sus grandes bocas en una sonrisa de aceptación, asintiendo con la cabeza, mandando besos, saludos y buena suerte; o aquellos músicos uniformados que tocaban instrumentos de viento y que en fila les perseguían sin perder jamás el paso, ni el compás, ni una sola nota de la brillante melodía triunfal que hacían sonar; y aquellos niños que corrían desordenados tras ellos gritando “¡Corre! ¡Corre!”; y finalmente, al fondo, observó la hermosa casa, el hogar que les esperaba, la morada que les acompañaría en todo, el microcosmos que iba a ser sus vidas.

El engalanado guardia ayudó a la novia a bajar. Tras esto una enorme llave dorada sostuvo con la punta de sus dedos y, muy sonriente, golpeó amistosamente la espalda de Andrés. Y dándole la gran llave:

—Soy vuestro amigo. Estoy a vuestro servicio. Siempre vuestro amigo.

Andrés echó un último vistazo a la calle: vio otros tres o cuatro publi-guardias, siempre sonrientes, intentar abrirse paso tras el guardia que le había dado la llave observándole fijamente; vio a la gran multitud de personas y de coches dirigidos hacia él, siempre aplaudiendo y pendientes de sus movimientos; vio como los padres secuestraban a los chiquillos que habían estado corriendo detrás del coche en que iban; vio el gran cielo azul, el cielo que él solo miraba, echársele encima, sintiendo la fresca brisa, una nostálgica brisa que le sacudía suavemente el rostro. Y repentinamente, sintió un vuelco en el estómago.

Entraron lentamente saludando a toda la gente que, con gran entusiasmo, aplaudía, gritaba y lloraba de alegría. La novia se dio entonces la vuelta y, lanzando unas monedas hacia atrás, exclamó: “¡Gracias!”

Ella quedó junto al sofá, con el pelo suelto, con el vestido desabrochado.

Él estaba paralizado, observando cómo ella se desenvolvía.

Y la puerta.

Tras él sonó aquel golpe seco, estruendoso, terrible.

¿Qué harás en tu tiempo libre cuando no tengas nada que comprar?” (Grafitti callejero).