El mar

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El mar se abría ante sus ojos. Después de tanto caminar se alegraba de hallarse ante un paisaje diferente.

Las gaviotas se acercaban sin pudor hasta ella, y por eso alzó uno de sus brazos deseando alcanzar alguna. Éstas bajaban y subían su vuelo, arrastradas por corrientes marítimas, o aprovechándolas.

Amanda se introdujo en las aguas. Se sentía feliz de poder lavarse, pues había realizado un agotador camino.

Cabalgando entre ola y ola giró su vista hacia la playa. El blanco paisaje, de horizonte nebuloso y tembloroso, parecía ahora enderezarse con la brisa húmeda del mar.

A la izquierda tres gaviotas volaban más o menos juntas. Sus vaivenes en el cielo acompasaban con el baile de Amanda empujada por las olas. Al frente un camino centraba el paisaje dándole profundidad y llevando la vista hasta las aguas rosáceas de las salinas, que creaban planos perpendiculares al fondo de la imagen.

El camino serpenteante estaba flanqueado por diversos conjuntos de matorrales, que se apelmazaban unidos compartiendo la humedad de las aguas, al tiempo que bailaban juntas animadas por la brisa del mar. Las aguas se hallaban a uno y otro lado de la senda, formándose en ondas delimitadas por una y mil especies de flora.

Se dio la vuelta y observó el mar. Estaba limpio, cristalino. Enormes nubes con paulatino movimiento se reflejaban en el espejo marítimo.

Amanda tomó aire para relajarse aún más. Echó suavemente el cuerpo hacia atrás y quedó tumbada sobre las aguas. Y así observó las formas abombadas de las nubes, empujadas suavemente por el aire, empeñadas en imitar el permanente baile del mar, de los matorrales, o de las gaviotas al volar.

Un cuento de Margarita Guirao

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