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Relato: Luces en el cielo

Relato: Luces en el cielo

Hacía un calor aquella noche de sábado que pesaba, que abotargaba los sentidos, que parecía aplastar sus sueños, pues se sentía hundida en el abismo de una cotidianidad no elegida.

Y soñaba, se atrevía a soñar. Habían vagado por la ciudad un buen rato. Y había mucha gente en ella, la urbe se apestillaba de viandantes por doquier. Parecía que todo el mundo andaba como ella, sin saber qué demonios hacer con sus vidas, deambulando sin rumbo por calles peatonales entre heladerías, tiendas y publicidad imperativa muerta y encorsetada.

Ahora viajaban en coche. De vuelta a casa. Él conducía; ella escudriñaba las calles, las avenidas, los edificios… Alzaba la vista haciendo algo que tan a menudo solía hacer: observar las luces de las viviendas, de los altos pisos, aquellas ventanitas en su acogedor brillo hogareño, cálido… Trataba de atisbar las vidas allí metidas.

―No sé qué hacer…, no sé en qué centrarme…

―Tranquilízate un poco. A veces las buenas ideas nos vienen así, sin más― le decía él.

―Sí, es posible.

Suspiró entonces. Se recostó en el asiento. La verdad es que se sentía muy malhumorada aquella noche. Un inútil enfurruñamiento, lo sabía. Un enfado consigo misma. ¿Habrá algo más tontamente enfrentado con el ser?

Sacó la mano por la ventanilla buscando algún atisbo de frescor nocturno en aquella horneada noche murciana. ¡Uf! ¡Cómo detestaba el calor! Siempre sintió que con él las ideas se le paralizaban. Quería relajarse, pero el empecinado enfado le aprisionaba el entendimiento, y no lograba hallar la brisa que buscaba.

Y entonces, de repente, alzando la mirada ante una avenida que cruzaban, visualizó algo tan extraño, tan absurdo y tan inexplicable, que no sabía en qué términos llamar la atención de su compañero, limitándose a alzar el dedo señalando aquéllo, sin aún articular palabra, con la esperanza de que alguien que viajase en la fila de coches que oportunamente les seguían en un muy concreto atasco, el cual les había hecho parar precisamente ahí, viese en el cielo semejante galimatías para el puñetero entendimiento.

«¿Castillo? ¿Fuegos artificiales? ¿Farolas desviándose hacia Dios sabe dónde? ¿Globos iluminados?…»

―¿Pero…, pero qué narices es eso?

―¿Qué?― preguntó él ―¿Qué pasa?

―A ver…, ¡mete…, métete por esa calle y para!

Se habían bajado del vehículo y ahora ambos miraban al cielo. Había gente por aquí y por allá, pero poco a poco, cual gran angular berlanguiano, cada uno fue escondiéndose por su sitio. Alguien se metió en un coche y salió rápidamente de allí, un chico cruzó la calle y apresuradamente sacó las llaves y entró a su casa, una pareja con sus zagales cruzó la bocacalle saliendo airadamente de escena. Y una mujer atravesó la avenida para tirar la basura.

Pasó junto a ella. Estuvo tentada a llamarla y pedirle que alzara la vista también para ver aquel espectáculo extraño, atemporal, ilógico. Pero no se atrevió. Era como si aquello estuviese ahí para contemplarlo solamente ellos dos.

Inmersos en un repentino silencio y soledad que se les antojaba a propósito, observaron aquellas extrañas luces que ascendían hacia no se sabía dónde.

Se alzaban con enigmática elegancia, organizándose en varios grupos de tres o cuatro, como en bloque, subiendo juntas, a la misma velocidad, dirigidas todas por una misma mano, o patrón, o aplastante lógica cuadriculada en su espectacular absurdo, o acompasado y armónico código matemático.

Eran como enormes farolas amarillas de carretera, surgiendo desde el horizonte, viajando en una perfecta línea diagonal, dirigidas por un bonito y regular compás, en una suerte de autopista fingida hacia el cielo. Todas ellas con cierta prisa, pero no tanto…, pues permanecían algo pausadas y, curiosamente, dos aisladas, una a cada lado, surgían desde el horizonte tratando de adelantar al resto, rebasando un poco a las que subían en forzados grupos, como tratando de escoltarlas por los flancos.

Y todas desaparecían, se fundían en el espacio, cuando alcanzaban la brillante luna nueva. Pero aquella marmórea luna se alzaba, ni más ni menos, que en el mismísimo orbe, exactamente encima de sus contemplativas cabezas.

Se habían asomado al mundo, se habían escapado quizás de una ecuación oculta del Universo y, ante un agradable silencio, tan sólo ellos dos se habían percatado de aquel evento absurdo, sin sentido, sin finalidad aparente, ni lógica explicable.

Las ideas que ascienden. Las luces que se escapan.

A ella le había invadido una contradictoria sensación de hiper-normalidad, como dando por hecho todo lo allí ocurrido, sintiendo durante aquellos minutos que estaba ante algo muy lógico, de aplastante sentido, y para nada amenazante.

Y él se sintió atrapado en una nebulosa del espacio-tiempo, en una parálisis sónica temporal, en una confusión inquietante, en una realidad tangible inserta en un incoherente y real sueño.

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