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Tiempos patógenos

Hube de soñar con el futuro.

En algún absurdo segundo de la existencia. Seguramente lo sabía, seguramente lo sabíamos todos.

Dicen que los planetas se han alineado.

O dicen que si es que el número capicúa de este año.

O simplemente, más bien, la gris nube de nuestras ciudades que abotarga nuestro sentido lógico y nos catapulta a una contaminación sin límites, como en aquel canal muerto de ruido blanco del Neuromante de Gibson.

¿Una distopía? La auténtica distopía negra parece blanca e impoluta a simple vista, como en el “Mechanical Animals” de Manson.

La oscuridad es calmada con farolas en salones-calles vacíos, en salones-plazas abandonadas.

La sonrisa se dibuja forzada, en las puñeteras redes sociales, en las miles de pantallitas de todos los malditos formatos.

El miedo.

Temor a la gente. Por encima de todo, a la gente. A su miedo.

Son tiempos patógenos, tiempos que parecen distópicos. Tiempos con suciedades mentales, con una patogénesis angustiosa que, si bien a unos les invita a alejarse y evadirse en el silencio y pensar, y sentir…, a otros les invita a ensuciar más y más, como si los virus no enturbiasen la vista suficiente.

¿Tiempos distópicos? ¿Ahora? Parecen distópicos. Porque vivíamos con la sonrisa puesta tan creyentes, tan vanagloriados de nuestro vete a saber qué futuro de…, ¿de qué demonios el qué?

Llevo años sintiendo que todo tiene que cambiar, y vislumbrando cada día con más y más claridad la mentira, la estrafalaria y forzada pamplina que nos ponen delante para que imitemos a modo de “vida”. Y todos nos creemos capaces de salir de “eso”. Pero no…, no salimos. Vamos…, yo sé que no salgo, no voy a ponerme en plan flipada ahora…, porque yo soy la que más, digo la que menos, o…, o lo que sea.

Y no es ninguna “matrix” precalculada, no. ¡Ay!…, ese estructurado mundo de la conspiración que calma nuestro grado de responsabilidad propia individual. Somos nosotros mismos presos del pánico absurdo. Es nuestra interminable ansia castrada mil veces por nosotros mismos y catapultada sin remedio al aburrimiento y a la apatía, y de ahí, paralizados por el miedo a encapsularnos en la agonía de lo tedioso, a una impulsividad absurda por comprar esto o aquello, por compararnos, por medirnos, por querer ser más, o mejores, o más listos, o más atiborrados de información, o más conocedores del qué sé yo qué, y entonces compramos y compramos, y nos miramos al espejo, y volvemos a comprar, y nos volvemos a mirar, y esperamos el saludo, y la aceptación, y esto y aquello, y esto se puede hacer, y esto otro si “se hace” pues lo hago, y lo hago porque se hace, y se hace porque lo hago…

Y ahora son tiempos de salir de todo eso. De ensimismarse. De pensar.

Pero…, ¡pero entonces necesito información! ¡Oh, cielos! Necesito que me digan cómo hacerlo, cómo conectar con “eso”, y si “eso” es uno mismo, o es el alma, o es la base de la personalidad, o la conexión con el Universo, o con el Todo, o la Fuente, o el Yo supremo, o eso pequeño que todos llevamos dentro pero que es muy grande…, pero no sé cómo se hace, pero busco el mecanismo, la fórmula, la clase online, la tutoría del maestro, o el conocimiento ancestral mil veces perdido a lo largo del tiempo.

Qué extraña época ésta.

Qué caos de contradicciones.

Qué pérdida de lo absoluto. Y de lo simple.

¡Pero qué aburrimiento más grande, puñeflas…!

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